Aprovechando sus conciertos en España, pudimos hablar con Ron Sexsmith sobre su nuevo álbum (Forever Endeavour), las tentaciones de un músico en gira o la tradición cantautoril canadiense.

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Minutos antes de esta entrevista, Ron Sexsmith está tocando -ante una docena de personas y dos cámaras de televisión- un par de canciones de Forever Endeavour, su maravilloso nuevo álbum, en un piano de 130 años de antigüedad. Una de ellas es Deepens with Time, rememoración de su infancia potente, evocadora… y triste. Porque Sexsmith (St. Catherines, Canadá, 1964), aunque en el álbum incluya gozosas piezas como She Does My Heart Good o Me, Myself & Wine, será siempre asociado a la melancolía de muchas de sus mejores canciones: “Sí, probablemente será así”, concede el canadiense, al lado de una taza de capuccino vacía, hablador pero tímido (evita mirar a los ojos a su interlocutor): “No sé si soy muy bueno cantando rock, aunque me gusta hacerlo. Pero con el disco que hice junto a Bob Rock [Long Player, Late Bloomer, 2011 me costó cantar esos temas tan animados, con ritmo muy rápido. Tuve que trabajar mucho, hacerlo como un actor. Rock me decía que debía ser un poco más William Shatner, sobreactuar un poco”.

 

Tras ese paréntesis con Bob Rock has vuelto a trabajar con Mitchell Froom [Paul McCartney, Elvis Costello, Los Lobos]. ¿Qué es lo que más te gusta de grabar con él?

Tenemos una larga relación. Mitchell me ayudó mucho al principio. Cuando hice mi primer disco tenía unas 120 canciones escritas y no sabía cuáles merecían la pena. Mi editorial quería que grabara solo canciones de amor, pero Mitchell me hizo enseñarle también otro tipo de temas. Hizo que me centrara en mis virtudes, se dio cuenta de que era bueno con las baladas, con la melodía. También me ayudó mucho con las estructuras de las canciones: donde poner un puente, etc…

Claro. Imagino que un compositor no aprende eso en una clase con un profesor, sino de manera autodidacta fijándose en canciones de otros, ¿no?

Sí. Antes de tener un contrato discográfico toqué durante años versiones, cientos de ellas de Paul Simon, los Kinks o los Beatles [ello le valió el apodo de La Gramola Humana, por su amplio repertorio]. Para un compositor, eso es como ir al colegio, porque de esa manera reconoces ciertos patrones y acordes. Lo que me gusta de las canciones de la primera época de los Kinks, por ejemplo, es que son muy compactas. Así averigué que me gustaban más las canciones cortas y concisas.

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Has explicado que escribiste la primera canción del álbum, ‘Nowhere to Go’, hace un par de años,en un momento en el que pensaste que ‘Long Player’… no iba a salir y que tu carrera estaba finiquitada.

Cuando empecé a grabar el álbum hubo mucho interés por parte de varios sellos, lo cual es inusual. Estaban ansiosos por escucharlo y eso me hacía mucha ilusión, pero al final a ninguna discográfica le gustaba. Pensaban que era demasiado comercial. Durante todos estos años me han dicho que no soy comercial, y ahora era al revés… Me sentí rechazado, y lo que hace un compositor es escribir sobre lo que siente. Después de hacerlo estuve mucho mejor. Parece una canción triste, pero para mí es divertida, más que nada.

Entonces, por lo que veo, últimamente funcionas grabando los discos y ofreciéndolos terminados a los sellos, ¿no?

Desde Retriever [2004] cada disco ha salido en un sello diferente. A mí me hubiera gustado pasar toda mi carrera en un sello, como Dylan con Columbia…. Odio pasar por esa humillación de venderme a los sellos y ser rechazado. Muchos dicen que me adoran, pero que no pueden sacar mi disco. Hay mucho cobarde en la industria, y más ahora que no se venden apenas discos. Ahora edito con Warner en Canadá y con Cooking Vynil en el resto de mundo, y espero que dure.

 

En ‘Back of my hand’ cantas: “El mundo de hoy parece rodado en Super 8, todo tiene un resplandor nostálgico”. ¿A qué te refieres?

Tuve un susto de salud, un bulto en la garganta que podía ser un cáncer. Hasta descartarlo pasé unos meses complicados, en los que todo parecía surrealista, era como una película: me encontraba con gente que hacía mucho que no veía y todos decían cosas muy bonitas de mí. Y yo alucinaba, ¿porqué me dicen esto? ¿Me voy a morir? Era como un guión, como una de esas secuencias de sueño en una película. Fue como estar en una especie de limbo, no es que estuviera asustado, pero no sabía que iba a pasar y pensé que igual este era mi último álbum.

 

Esa canción se me da un aire a los Beatles de la primera época. ¿Estás de acuerdo?

Esa canción empezó como un vals lento, pero pensé que tenía ya muchas canciones tristes y lentas en el disco, así que tiré la melodía y la escribí de nuevo. La segunda versión sonaba tanto a los Beatles que parecía una parodia de los Rutles, pero al final creo que ha acabado pareciéndose a un tema de los Kinks.

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En ‘Blind Eye’, sin embargo, suenas ligeramente a cantante soul.

Eso fue una sorpresa para mí. Cuando la escribí pensé que parecía de Neil Young, pero al ir al estudio, Mitchell me pidió que hiciera unas armonías en el estribillo, y ahí empezó a parecerse a Smokey Robinson y la Motown.

 

En ‘Snake road’ hablas de los peligros y las tentaciones de la vida del músico en gira. Dices que has pagado un precio, ¿cuál ha sido?

La ruptura de mi familia. Mis hijos tenían 14 y 11 años cuando nos divorciamos y sobre todo mi hija lo pasó bastante mal. Fue bastante destructivo. Por un lado fue bueno, porque así conocí a Colleen [su segunda mujer], pero hice todas las cosas estúpidas de que uno lee en las revistas y los libros. Fue divertido, pero me sentía muy culpable. Ahora por fin he podido escribir sobre ello, con un poco de humor. Y no es que no me pase ya: ahora sigue siendo lo mismo, pues a cada sitio al que voy hay mujeres preciosas y alcohol y todo eso.

En la anterior gira mi grupo y yo bebimos como los Faces, y nos lo podíamos permitir, pues luego tocamos bien y además nadie toma drogas duras. En esta gira, sin embargo, estoy tratando de beber menos, porque también quiero perder peso.

 

Hablando de beber, en ‘Me myself & wine’ tratas el placer de sentarte con una copa de vino a escuchar un disco. ¿Cuál ha sido el último que has disfrutado de esa forma?

Think Well of Me, un disco de 1962 de un trombonista de jazz llamado Jack Teagarden. Es su último trabajo, compuesto por estándares buenísimos de los años 20 que no conocía. Me encanta su voz, parece que está borracho todo el rato.

Y también el primer disco de Phoebe Snow [homónimo, 1974]. Lo compré cuando murió [abril de 2011] y fue cómo: “¿Dónde has estado el resto de mi vida?”. Cuando no se me ocurre qué disco poner, pongo ese.

 

Creo que antes de grabar tu primer disco la editorial con la que firmaste pensó que, más que para cantante, valías como compositor para otros. ¿Te veías así?

Interscope me contrató como compositor y me dijeron que no me hiciera muchas esperanzas, que ya tenía casi 30 años y lo mismo no sacaba nunca un disco con mi nombre. Si hubiera sido así, hubiera sido como un premio de consolación. Creo que yo soy el más adecuado para cantar mis canciones, igual que Leonard Cohen es el más adecuado para las suyas.

 

Ahora que nombras a Cohen, ¿crees que hay un estilo específicamente canadiense de cantautor?

Para mí los cuatro grandes son Cohen, Neil Young, Joni Mitchell y Gordon Lightfoot (que es, de hecho, mi gran héroe). De niño yo escuchaba a compositores ingleses, como Elton John o Ray Davies. Ya a los veintitantos escuché a Leonard Cohen y Gordon Lightfoot y fue algo que me ayudó a decidir lo que iba a hacer. Llevaba tiempo intentando escribir canciones de rock y no se me daban muy bien, y en ellos pude ver a unos tipos que envejecían elegantemente. Cada uno de esos cuatro es único, pero hay algo canadiense en todos ellos, aunque sea difícil descifrar qué es. Somos un país con gran huella del Reino Unido, por nuestro pasado, y una influencia aún mayor de EE UU por la proximidad, así que es como lo mejor de ambos mundos. Cuando escuchas a Neil Young hacer country se nota que no es estadounidense, hay algo en su melodía, en su acento, e incluso en los acordes que usa, que lo hace diferente. Pasa igual con Joni. Es increíble la importancia que han tenido los cuatro en el mundo, así que cuando comencé a grabar tuve muy presente su legado.

Darío Manrique

http://www.ronsexsmith.com

 

 

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